En la Plza. del Padre Feijoo, Oviedo, se estudiaba Filología.
Hay historias en las que la época en que ocurren no importa mucho. Pero en esta, sí.
La Navidad venía de camino, como ahora, y ahí estábamos, allí, en la Plaza del P. Feijoo y, a fuerza de pasar por ella casi a diario, un poco nuestra también.
Antes de que empezara la siguiente clase, desde el interior de la Facultad, mirábamos a través de las cristaleras. Pero no todas veíamos lo mismo.
—¡Me deprime la Navidad! —comentó alguien que no era yo.
—Y a mí —apoyó otra de la misma especie—. Es horrible. A ver si pasa rápido.
Nunca fui muy dada a opinar en alto y en aquel entonces, menos aún, pero la ilusión o la tontería aquella, que afortunadamente aún mantengo, habló desde mi boca:
—Pues a mí, ¡me encanta!
—¿Estás loca? ¿Por qué dices eso?
—La calle se vuelve acogedora, encuentras a personas que hacía tiempo no veías, el árbol, los regalos, las vacaciones, las postales…
—¡Postales! ¡Sí! ¡Las postales! ¡A mí también me gustan! —saltó otra yo que tampoco era yo.
En aquel instante no me sentí tan sola como era la costumbre. ¡Una cómplice! Alguien que entendía que esa ilusión poco importa que sea verdad o mentira. A quien se deja abrazar por ella, le ayuda a vivir mejor. Y eso sí resulta interesante.
Fue entonces cuando M y yo nos percatamos de nuestra mutua existencia, intercambiamos nuestras direcciones y nos prometimos postal aquella Navidad, ante los gestos y miradas incrédulas de las “deprimidas”.
Desconocemos qué pensaría Feijoo, desde su pedestal, allí en medio estatuado.
P. Feijoo meditando sobre el intercambio de postales.
Las vacaciones llegaron y con ellas nos fuimos, con la esperanza de que aquella idea no quedase en sólo palabras. Y es que no sabíamos el fenómeno que acabábamos de provocar. A partir de un pequeño comentario sin importancia, se creó un vínculo de esos invisibles que unen a algunas personas.
Esa Navidad, ¡sí!, la postal llegó. No era un hecho relevante en aquellos años en los que los carteros se veían desbordados de tarjetas navideñas a repartir. En un mundo desprovisto de Internet y de teléfonos móviles, no era extraño que apareciese alguna en el buzón.
M cumplió su palabra.
Yo también.
En los años siguientes se iba complicando la situación, pues terminamos los estudios y a cada una la vida la empujó por un recorrido diferente. No volvimos a vernos ni a tener contacto pero… la Navidad volvió a lanzarnos un guiño al buzón.
Al año siguiente, lo mismo. Y al que vino después, igual. Y así otro. Y otro más…
Mientras, todo iba cambiando: los domicilios, los sistemas de comunicación, que siendo cada vez más, propiciaban menos el mantener nuestra particular tradición.
La tecnología crecía, las postales menguaban y cada año llegaban menos.
Pero la de M nunca falló y la mía, tampoco.
Ya sólo queda ella, porque hasta la publicidad ha ido perdiendo fuerza por ese canal.
Y puedo decir que este año, 2023, después de más de 3 décadas, ha llegado y ya ocupa su lugar en el árbol. M y yo sólo nos hemos vuelto a “ver” a través de esas postales. Nos seguimos encontrando cada diciembre en nuestros buzones.
Por cierto, M está agustito detrás de su inicial y no asoma la cabeza. No seré yo quién revele su identidad, no se Mmmme escapa, pero tengo su permiso para deciros que comparte viajes con Pelayo y os aconsejo su blog: https://pelayoquiereviajar.wordpress.com/
Curiosa coincidencia, porque yo también tengo un Mascotín Viajero. Pero bueno, para otro día, si eso…
¡Gracias, M! ¡Hasta la próxima Navidad!

4 respuestas
Me encantan las postales, leerte y saber que hay más «letras»con las que compartir el gusto de enviar postales.
R
A mí me encantan también estos mensajes. Su valor es equiparable al de esas postales que guardan un recuerdo.
¡Gracias, Rosa, por enviarlo!
Qué vínculo tan entrañable!
Tan entrañable como nuestro vínculo, primi! ;0)